Apocalypto, de Mel Gibson

enero 21, 2007 at 10:59 am (Sin categoría) ()

Esta es la crítica de Albert Meroño Peñuela para LaButaca sobre la película Apocalypto, de Mel Gibson.

“Una gran civilización no es destruida desde fuera hasta que se destruye a sí misma desde dentro”. Con este extracto de “La Historia de la Civilización”, de Will Durant, comienza un viaje que nos lleva hasta los profundos bosques selváticos de la península del Yucatán. Mel Gibson, hombre devoto y declarado amante de la Historia, abre así un nuevo inciso en el pasado llamado “Apocalypto”, ambientado en los últimos días de los mayas.

La cita de Durant podría llevar a pensar lo que este film no es: un documental maya. Ceñirse a plasmar lo que está en los libros, o reinterpretarlo a lo sumo, es sin duda la apuesta más fácil cuando se maneja un material como éste. Gibson no ha optado por eso. Si bien es cierto que le resulta inevitable jugar a los arqueólogos y recrear, mediante la puesta en escena, parte del epílogo de la cultura mesoamericana, el realizador neoyorquino enfoca el argumento a mostrar multitud de emociones y a experimentar con las del público, usando un personaje circunstancial en un contexto rodeado de peligros, donde el peor de ellos son sus semejantes.

Hay quien les dirá que la mayor baza de “Apocalypto” es su brutal acción, directa y gratuitamente sanguinaria, pero no deben considerarla una meta en sí misma. Imagínense el guión de Mel Gibson y Farhad Safinia como uno de esos templos mayas. Visualicen la fachada frontal, con su pie derecho obligado a remontar el primer peldaño de la escalera hacia el cielo, donde Kukulcán les espera para tomar su corazón y beber su sangre hasta la saciedad. Con este ascenso transcurre la primera mitad de metraje: el aldeano cazador Jaguar Paw (Rudy Youngblood) se convierte eventualmente en presa, siendo capturado y conducido junto con sus compañeros hasta una de las ciudades-Estado mayas, quizás Tikal, Uxmal o el asentamiento de Palenque. Una vez en la cima, el destino hace acto de presencia y cambia el curso normal de los acontecimientos, cumpliendo una profecía ya anunciada. El descenso por el lado opuesto, como sabrán, sólo puede hacerse a toda velocidad, prácticamente tirándose al vacío (la fachada posterior no está escalonada), por lo que el tramo final se torna una persecución cuyo objetivo básico no es sólo regresar al hogar, sino obtener la victoria mediante la defensa del propio territorio, obedeciendo inconsciente pero estrictamente las directrices de guerra de Sun Tzu –aunque evidentemente ningún escrito chino de dos mil años atrás estaba en aquel entonces en manos mayas–.

En esta historia de salvajes, donde Gibson no ha tenido reparo en establecer claros paralelismos entre la vida tribal humana y la animal, cada una de sus tres partes tiene un significado concreto. La primera es un claro tributo a la historia de las civilizaciones, recordándonos que ninguna de ellas se ha forjado sin la base de una violencia atroz. La segunda representa la magnificencia por la que, en principio, merece la pena el sacrificio de la primera: la ciudad-Estado, la civilización en sí misma. La tercera puede interpretarse de dos modos distintos: sirve por igual de exaltación del individualismo y de denuncia a los abusos de poder. Sea como sea, en ambas interpretaciones (puede que Gibson estuviera interesado en las dos) se ensalza el concepto de supervivencia como la mayor fuerza con la que la naturaleza provee a las especies, muy por encima de la que el hombre adquiere, por ejemplo, con el conocimiento o la organización social. El amor, plasmado también como motor en el primer y último segmentos, se entiende como lo que en realidad es: un seguro de supervivencia de la especie a largo plazo, predeterminado genéticamente –luego patente en los humanos desde los orígenes– y lejos del concepto cortesano que pueda tenerse de él.

Los últimos cuarenta y cinco minutos merecen una mención muy especial. Emulando al Alien, el octavo pasajero de Ridley Scott, Gibson enfrenta al superviviente con el vengador. Noten cómo la motivación del primero está en mayor contacto con los intereses comunes de la especie, mientras la del segundo obedece a un ímpetu individual. Lo han adivinado: los papeles iniciales, en los que el colectivo vence a los individuales, se han intercambiado entre ambos. Nuevamente, la naturaleza es implacable con quien no se mueve por instinto sino por sentimiento; apremia al superviviente y castiga al egoísta, en lo que sería una clara extrapolación de las leyes evolutivas, ilustradas con una lírica visual excelente.

Y, hablando de lo visual, no se pierdan un solo plano de esta película. En todos ellos, y sin olvidar al responsable de fotografía Dean Semler, puede apreciarse al Gibson más inconformista, a todos los niveles. El amplio repertorio abarca desde escenas complicadísimas de grabar, como la del precipicio, el río o la cascada; hasta la recreación de la ciudad maya, los cuidados vestuarios o los inquietantes planos verdosos de la jungla. Sin embargo, lo que les causará verdadera mella es su carácter cruento y en ocasiones casi gore. El director ya ha hecho gala anteriormente de esta faceta, y en “Apocalypto” se recrea en ello hasta el súmmum, rozando el humor ácido y el sadismo. Expresiones como “ritual de sacrificio humano” han sido tomadas al pie de la letra, y no confíen en que Gibson desvíe el objetivo de la cámara. Todo ello me recuerda lo que debo advertir acerca de este visceral largometraje a las personas especialmente sensibles: no lo vean. El impacto visual de la gran escena del nacimiento en “Alien, el octavo pasajero” hizo en 1979 que muchas personas tuvieran que abandonar la sala y pasar un mal rato en los lavabos. Una cosa es hacer aflorar emociones en el público (y, créanme, cuando se enciendan las luces agradecerán estar de vuelta a la “civilización”), pero otra muy distinta es que pasen dos horas y cuarto tremendamente desagradables. Quedan avisados.

“Apocalypto”, o “el último cazador maya”, está cuidada hasta el mínimo detalle. El apartado sonoro, monopolizado por el binomio James Horner-Gibson (inquietantes hilos vocales y percusivos del primero, y ese particular vicio de respetar los dialectos del pasado del segundo) ayudará a que se introduzcan todavía más en la selva; pero “no tengan miedo”: no hasta el punto en que la sangre les salpique. Es una lástima que toda su sutil profundidad pueda verse eclipsada por su impacto visual, así que estén muy atentos a los susurros del director. Su final, que será laureado y repudiado por igual, quiere aportar validez a la cita de Durant y algo de simetría argumental, pero la historia que Gibson quería retratar no era la de los mayas, sino la de la humanidad misma. No somos tan distintos a cuando bailábamos desnudos o comíamos carne aún palpitante. Puede que algo más refinados… pero está claro que, en lo realmente trascendente, seguimos siendo exactamente iguales.


Tras leer la crítica, tengo más ganas de ir a verla.


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5 comentarios

  1. Lord Balin said,

    Seguro que la pelicula no ma a decepcionar, a mi por lo menos, de lo contrario, ya informare en mi blog, que yo para criticas negativas soy la leche XDDDDDDD.
    De todos modos, creo que Mel Gibson abra conseguido que la tipica pelicula de estilo: tipica selva y civilacion antigua con relicquias que todo el mundo quiere conseguir, sea una verdadera maravilla 😉

  2. Guybrush said,

    Yo me la estoy bajando, pero si es tan espectacular como parece, iré a verla al cine.

    Por cierto… es verdad lo del año 700 + Galeones españoles? porque eso le restaría muchos puntos xDDD

  3. peyote said,

    fue un grato encuentro con tu blog… me facinan tus gutos… un saludo…

  4. peyote said,

    fue un grato encuentro con tu blog… me facinan tus gutos… un saludo…

  5. Super Fly said,

    A ver si consigo convencer a mis alegres amigos para ir a verla mañana… *cruzando dedos*
    ^^

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